10 mitos sobre la piratería y la batalla discursiva

Esta guerra moral pretende hacer coincidir delito con pecado, piratería con robo, evadiendo una discusión racional sobre el tema y soslayando las condiciones materiales de producción y acceso a la cultura.

Jorge Gemetto

Como síntesis de la cuarta clase del curso “Arte y cultura en circulación”, volvemos a las 10 consignas sobre piratería que enumeramos en el material principal de la clase. En torno a estas consignas, estuvimos todos buscando información, opinando y debatiendo en las tareas. A continuación vamos a analizar punto por punto.

  1. La piratería desincentiva la creatividad; si la gente no paga por los productos culturales, nadie creará nuevas películas, discos, libros, etc., ni habrá industria que invierta en dichos productos.

Este primer gran mito pasa por alto que con la masificación de las tecnologías digitales baratas, las descargas y el acceso gratuito por Internet, no ha disminuido la producción cultural. En los últimos años disminuyó el peso de algunos sectores, como el del disco, que no se vio tan afectado por la piratería como por el paso de los soportes físicos a los digitales. Mientras las ventas de discos descendieron abruptamente, subieron en cambio los ingresos por música digital y por streaming. En paralelo, han aumentado notablemente los ingresos por música en vivo. Si tomamos por caso otra industria, como la del cine, y consideramos solamente el cine norteamericano, encontramos que en la última década ha aumentado el número de estrenos anuales y ha aumentado la recaudación, pese a que puede haber variaciones negativas en algunos años. Un estudio reciente del London School of Economics and Political Science demuestra que, en el caso de Inglaterra, las industrias creativas no se han reducido debido a la piratería.

Por otra parte, los incentivos monetarios no son los únicos que influyen en la actividad de los creadores. Existen otras fuentes de motivación personal para realizar trabajos creativos y mejorarlos, como por ejemplo el acceso a los medios de producción (cámaras, instrumentos musicales, etc) y la disponibilidad de otras obras para aprender de ellas. Buena parte de la producción cultural se realiza sin expectativas de beneficio económico. Pero aun en los casos de artistas que obtienen ingresos económicos por su actividad creativa, estos provienen, en la  mayoría de los casos, no tanto de la venta de obras sino de otras actividades, como performances en vivo, contratos en proyectos, clases, conferencias, premios, becas, etc. Esto se aplica incluso a aquellos artistas que trabajan para la industria, quienes muchas veces, por su débil posición de negociación, reciben beneficios mínimos en comparación con las ventas de sus obras. Esta realidad es la que describe Courtney Love en su clásico discurso del año 2000, y la que se desarrolla en un magnífico post de Derecho a leer.

  1. Si un consumidor puede acceder gratuitamente a los productos culturales, dejará de gastar dinero en dichos productos. Además, dejará de valorar el trabajo y los recursos necesarios para realizar el producto y llevarlo al mercado, produciéndose una desvalorización general de la cultura.

Como ya dijimos, los países con las tasas más altas de piratería son aquellos en los que se combinan altos precios de los productos culturales y bajos ingresos de la población. En estos países, para un sector mayoritario, la piratería es la forma principal de acceso a la cultura.

Si bien es cierto que este sector del público accede a copias piratas y compra muy pocas o ninguna obra original, también es cierto que en su mayoría, ese público no compraría los originales de todas maneras, fundamentalmente por razones económicas.

En cuanto a la valorización general de la cultura, es necesario señalar que cuando hablamos de valor, no nos referimos únicamente a la suma de los intercambios monetarios, sino también a otras prácticas que satisfacen necesidades sociales y, en tal sentido, aportan valor. Junto a la circulación pirata, emergen a menudo comunidades de fans que están dispuestos a hacer aportes de forma gratuita y voluntaria, como el subtitulado de películas, la elaboración de críticas y reseñas, las selecciones, recopilaciones, recomendaciones y hasta la realización de obras derivadas en homenaje a sus artistas favoritos. Estas prácticas, enmarcadas en la cultura de copiar, compartir y remixar, pueden sin dudas beneficiar a los artistas, pero al mismo tiempo añaden un valor agregado sobre los productos culturales, contribuyendo a un ecosistema cultural más rico y diverso.

Finalmente, cabe resaltar que la demanda insatisfecha respecto al acceso a contenidos minoritarios e inéditos, en muchos casos es abastecida por redes de intercambio entre personas que tienen acceso a materiales difíciles de hallar y deciden compartirlos con otros. De hecho, en países como el Uruguay, los grupos de intercambio en Internet han puesto más música a disposición de la sociedad que las propias discográficas.

  1. Cada vez que un consumidor accede a una copia ilegal, la industria está perdiendo una venta.

Durante muchos años, los informes de la industria solían contabilizar cada descarga o acceso ilegal (con todas las dificultades metodológicas que implica llevar esta cuenta) como una pérdida. Es decir, consideraban que cada copia ilegal sustituía a una hipotética venta de una copia legal.

Como dijimos antes, el efecto de sustitución no está demostrado. Pero lo más importante es que, en caso de existir, dicho efecto debe estimarse en conjunto con el posible efecto de promoción de las descargas no autorizadas.

Un estudio reciente del Instituto de Prospectiva Tecnológica de la Comisión Europea, citado en este curso por Danilo Aguilar y varios otros participantes en sus tareas, ha encontrado, para el caso de la música, que “el incremento en un 10% de descargas ilegales acarreó un aumento del 0,2% en ventas legales”. Es decir que, lejos de lo que este mito propugna, habría en realidad una leve relación positiva entre piratería y ventas de música.

  1. Los productos culturales tienen un costo alto porque su producción es compleja y tienen que mantener ciertos niveles de calidad. Por eso, no pueden competir con la piratería, actividad que parasita la creación original, porque no necesita asumir todos esos costos.

En primer lugar, no todos los productos de la industria cultural insumen altos niveles de creatividad, tiempo y presupuesto. Muchos de los contenidos más exitosos en el mercado son productos prefabricados altamente rentables por lo poco que se invierte en ellos y lo mucho que se venden.

Sin embargo, si gran parte de la industria cultural ha optado por mantener precios altos en la venta de CDs, DVDs, libros y videojuegos, la elección no se debe a un alto costo por copia, sino a una decisión de mercado a nivel internacional. Hay casos extremos, como el sector de los libros digitales, donde las editoriales tienden a mantener precios semejantes a los ejemplares físicos, a pesar de que el costo de producción de cada nueva copia digital tiende a cero, a diferencia de los costos de papel, impresión, encuadernación y distribución de los libros físicos. Como vimos en el ya mencionado estudio de Karaganis, la industria mantiene caros los productos para no afectar las convenciones de precios de los países desarrollados, y porque en países con gran desigualdad de ingresos, orientar los precios hacia el 10% más rico de la población brinda un mayor rendimiento económico. Esta dinámica, que responde a un modelo de negocios de la industria cultural, promueve el acceso ilegal a los contenidos.

 

  1. Con la piratería se pierden puestos de trabajo.

En base a la errónea extrapolación anterior en términos de descarga = pérdida, la industria suele hacer cálculos sobre los puestos de trabajo que se pierden, o “se dejan de crear” a causa de la piratería. No se toman en cuenta otros factores, como los efectos de la crisis económica, o la situación particular de cada sector, que por motivos tecnológicos, de mercado y financieros, puede perder o ganar puestos de trabajo, independientemente de la existencia de piratería. Sobre la relación entre piratería y puestos de trabajo pueden leer más en este informe.

Por otra parte, si buscamos describir acertadamente la situación del trabajo en torno a los bienes culturales, es necesario incluir también el trabajo informal que, sobre todo en los países en desarrollo, se genera alrededor de los bienes piratas. Este suele estar cubierto por puesteros independientes o pequeños negocios familiares de copiado, remezcla y venta al público.

 

  1. La piratería es una industria próspera que enriquece a quienes distribuyen productos ilegales.

Sobre este punto, leemos en el informe de Karaganis: “No hallamos ninguna evidencia de que la piratería, fuera de unos pocos nichos de mercado, siga teniendo altos márgenes de ganancia.” Más bien, lo que se observa es una tendencia hacia la desmercantilización de la actividad, en la forma de compartición de archivos.

  1. Hay que establecer duros controles en Internet (bloqueos de sitios, cortes de servicio a los usuarios, etc.) para evitar que se pongan a disposición productos piratas.

La investigación muestra que no hay evidencia de que el aumento del control de Internet haya reducido las infracciones al derecho de autor. En particular, es destacable el fracaso de los así llamados programas de “respuesta graduada”. Estos programas, vigentes en países como Francia y Estados Unidos, envían advertencias a los usuarios que acceden a materiales ilegales y llegan en algunos casos al corte del servicio de Internet. Sin embargo, no han tenido éxito a la hora de disminuir la piratería, aumentar las ventas legales o promover nuevas obras.

En cuanto los bloqueos de sitios web, habituales en varios países, estos suelen derivar rápidamente en la proliferación de réplicas exactas de los sitios censurados.

Yendo más en profundidad sobre este asunto, lo que se ha observado es que el cierre de plataformas de intercambio de contenidos tiende a debilitar la circulación de productos culturales minoritarios e independientes, mientras que los grandes best sellers o los tanques de Hollywood no pierden su popularidad. Un estudio reciente sobre los efectos del cierre de Megaupload encontró evidencias de que la clausura del popular servicio de descargas en 2012 benefició levemente los ingresos de los “tanques” de Hollywood. Sin embargo, tuvo un efecto negativo en los ingresos de las películas menos famosas. El motivo que argumentan los investigadores es que la piratería es el principal medio por el cual ese otro cine se difunde y conoce.

  1. La piratería está asociada a otras actividades delictivas (tráfico de drogas, de personas, contrabando, etc.) y además facilita el “cibercrimen”.

La compartición de archivos es una actividad que no realizan grandes carteles ni mafias, sino los mismos consumidores. En el caso de la venta callejera, se trata de una fuente de ingresos precaria que no implica el despliegue de violencia y corrupción característicos de las actividades delictivas mencionadas. Además, en la medida que la piratería de cultura no necesita ingresar productos ilegales por las fronteras, no suele compartir los canales de contrabando ni la logística con las grandes redes del crimen organizado. Cada vez más, la piratería tiene lugar a través de la compartición de archivos sin fines de lucro, desde el domicilio de los usuarios y sin ningún vínculo con redes criminales.

En cuanto a la seguridad de los usuarios, no existe un riesgo más alto por acceder a contenidos no autorizados que a contenidos autorizados. Este es otro mito común en la industria que no tiene sustento en la realidad. Lo más seguro y sensato, en cualquier caso, es navegar por Internet con las necesarias precauciones: firewall, antivirus, antispyware, etc.

  1. Es necesario aumentar las penas para disuadir a quienes piratean.

En derecho existe un largo debate acerca del efecto que tiene el aumento de penas sobre la prevención de los delitos, así como sobre las tasas de reincidencia. Esta es una cuestión general que excede el debate sobre piratería. Sin embargo, en los países donde se aumentaron las penas a las infracciones al derecho de autor, como Chile, Colombia y otros países con tratados de libre comercio con Estados Unidos, esta medida no parecería haber tenido una influencia importante sobre la disponibilidad de bienes piratas. En Colombia, por ejemplo, existen penas de hasta 8 años de prisión por la reproducción de materiales restringidos por derechos de autor. Sin embargo, según informes de la misma industria, los índices de piratería de software, por ejemplo, siguen estando por encima del 50% del mercado.

En cualquier caso, al abordar este asunto es necesario también considerar la adecuación y proporcionalidad de las penas. En caso contrario, los sistemas penales pueden caer en el absurdo. Además, las penas desproporcionadas para delitos tan abrumadoramente corrientes allanan también el camino para la arbitrariedad policial.

Vale destacar que las infracciones al derecho de autor no implican el uso de violencia, sino que, a lo sumo, conllevarían una afectación de tipo económico para el titular de los derechos, cosa que como ya vimos en el punto 3, también está en discusión.

  1. Quien compra o accede a productos pirateados, es inmoral.

Reiteradamente, la industria y las sociedades de gestión de derechos de autor utilizan el llamado “argumento moral” contra la piratería, acusando a los consumidores de delincuentes o de malas personas por conseguir copias no autorizadas de material con copyright. Entre sus estrategias, la industria desarrolla campañas “educativas” para convencer al público acerca de los daños que genera la piratería. Estas campañas apelan al miedo o a la culpa con afirmaciones muchas veces engañosas, como las que discutimos en este post. Carlos Castillo llama a esto la “guerra moral contra la piratería”. Esta guerra moral pretende hacer coincidir delito con pecado, piratería con robo, evadiendo una discusión racional sobre el tema y soslayando las condiciones materiales de producción y acceso a la cultura.

Una vez que salimos de la discusión moral, estamos en mejores condiciones para debatir informadamente el marco normativo que debería regular la circulación de cultura en nuestras sociedades. Como decía Scann en la primera clase de este curso abierto, “las sociedades no cambian porque las leyes cambian, sino que, al contrario, las leyes cambian porque las sociedades cambian”.

 

 

 

06/10/2013

 

Fuente: http://www.articaonline.com/

 

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